
DEVASTACIÓN GLOBAL
Estamos presenciando el mayor experimento de autodestrucción en la historia de la humanidad: cada día, la Tierra nos advierte que el límite ha sido rebasado.
Los datos de los principales organismos científicos y medioambientales muestran una realidad alarmantemente opuesta: estamos documentando en tiempo real el colapso de los ecosistemas que sostienen la vida humana. No se trata de proyecciones a futuro ni de alarmismo; es una crisis actual, medible y, hasta el momento, indetenible.
Empecemos por el agua, el motor fundamental del planeta. Nuestros océanos se están convirtiendo rápidamente en los vertederos más grandes de la historia humana, esto según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el equivalente a un camión de basura lleno de plástico se vierte al mar cada minuto. Esto suma la escalofriante cifra de más de 11 millones de toneladas métricas anuales.
El plástico no aparece en medio del océano por generación espontánea; llega a través de nuestras arterias fluviales; investigaciones recientes demuestran que apenas mil ríos alrededor del mundo son los responsables de canalizar casi el 80 % de las emisiones de plástico hacia las costas. Los ríos, que históricamente fueron cunas de civilización y fuentes de agua dulce, operan hoy como cintas transportadoras de toxicidad, acarreando además agrotóxicos, metales pesados y desechos industriales. Esto crea "zonas muertas" en los mares: áreas donde el nivel de oxígeno es tan bajo que la vida marina simplemente se asfixia.
Así como los océanos son el motor, los bosques son nuestros pulmones y nuestra primera línea de defensa contra la crisis climática. Sin embargo, los estamos talando a un ritmo suicida.
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) del 2023, el mundo pierde aproximadamente 10 millones de hectáreas de bosque cada año. Para ponerlo en una perspectiva más clara, estamos arrasando con un área del tamaño de un campo de fútbol cada dos segundos.
Esta deforestación masiva —impulsada principalmente por la expansión agrícola, la ganadería industrial y la tala ilegal— no solo destruye el hábitat del 80 % de las especies terrestres del mundo, sino que libera a la atmósfera miles de millones de toneladas de dióxido de carbono que esos árboles almacenaban.
El daño no se detiene en las fronteras de los ecosistemas; ha cruzado la barrera de nuestros propios cuerpos. El impacto en la salud humana es, quizás, la consecuencia más íntima y alarmante de esta crisis ambiental.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que casi el 99 % de la población mundial respira aire que supera los límites de calidad recomendados, lo que está vinculado a unos siete millones de muertes prematuras al año por enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
A esto se suma un enemigo invisible: los microplásticos. Estudios científicos recientes han documentado la presencia de estas partículas no solo en el agua que bebemos y los alimentos que consumimos, sino directamente en el torrente sanguíneo humano, en los pulmones e incluso en la placenta.
Al envenenar nuestro entorno, nos estamos envenenando a nosotros mismos en un ciclo técnico y biológico innegable.
La magnitud de estos datos exige que dejemos de ser espectadores pasivos de nuestra propia extinción. El llamado a la acción es urgente e ineludible: no basta con reciclar en casa o usar bolsas de tela.
Como sociedad civil, debemos exigir a nuestros gobiernos políticas públicas efectivas, así como regulaciones estrictas para las industrias altamente contaminantes.
Además, es fundamental transformar nuestros hábitos de consumo, apoyar a empresas que demuestren verdadera responsabilidad ambiental y penalizar económica y socialmente a las que no lo hacen.
La naturaleza no negocia, simplemente reacciona a la presión a la que la sometemos. El momento de exigir un cambio estructural no es mañana; es hoy, antes de que el daño sea irreversible.
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Por: Meliza Sandoval

